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Plenario

(Nueva York, 12 de Septiembre de 2000)

Intervención de S.E. el Señor Guillermo Fernández de Soto, Ministro de Relaciones Exteriores de la República de Colombia, en la Sesión Plenaria de la Asamblea del Milenio.

 

Señor Presidente:

Permítame felicitarlo por su elección a este período de sesiones de la Asamblea General. Estoy seguro que con su acertada guía llegaremos a un exitoso resultado en nuestras deliberaciones. Quiero también expresar mi reconocimiento a su predecesor por su orientación y la encomiable labor que cumplió al frente de la Asamblea durante el período anterior.

Tengo el honor igualmente de saludar al Secretario General. Y destacar su sereno liderazgo y su interés continuo por la búsqueda de soluciones realistas e innovadoras.

Para Colombia esta Asamblea representa un histórico desafío. El desafío de construir nuevas relaciones para cumplir la misión acordada por los Jefes de Estado y de Gobierno en la Cumbre del Milenio. Ellos han definido los parámetros del mundo en el cual queremos vivir y las condiciones necesarias para configurar un nuevo orden político y económico internacional.

Señor Presidente:

Quizá la alborada del nuevo milenio nos permita encarar ese reto con una visión optimista, para decantar el legado de medio siglo y de las múltiples propuestas que circulan a veces en medio de la indiferencia. Es una oportunidad para traducir en hechos palpables los anhelos colectivos.

Buena parte de las expectativas gira sobre el significado y los alcances de la globalización. Las formidables revoluciones del transporte, de las comunicaciones, de los medios electrónicos, siguen su curso. Cada día nos sorprenden los avances de la tecnología, los descubrimientos de la ciencia aplicada. Las Naciones Unidas en su conjunto, y a través de sus distintos foros y agencias, tienen como razón de ser canalizar ese enorme acervo tecnológico y científico hacia los sectores de la población más pobres y vulnerables.

La tecnología de la información está introduciendo cambios estructurales en la economía internacional. Está brindando oportunidades sin precedentes para promover una creativa interacción cultural entre los pueblos. Pero la revolución informática puede también tornarse en una fuente de exclusión. Enfrentamos el riesgo de crear un nuevo analfabetismo, el analfabetismo cibernético. Es necesario cerrar la brecha digital y convertir la tecnología de la información en un factor positivo para la educación y la reducción de la pobreza, para que esa revolución tenga un carácter verdaderamente global. De lo contrario, estaremos ampliando el desequilibrio entre ricos y pobres.

Uno de nuestros principales desafíos es, por consiguiente, globalizar la globalización y hacer de ello un imperativo para el siglo XXI. Es decir, poner las ventajas de ese proceso al alcance de más regiones, naciones y personas, democratizando el acceso a las nuevas tecnologías, desmontando las barreras al comercio y las inversiones, y reconociendo que los recursos que nos brinda la naturaleza constituyen un patrimonio común de las futuras generaciones.

La preservación del medio ambiente es, en ese contexto, un componente esencial. Es nuestra obligación respetar la naturaleza y crear un futuro sostenible. Debemos parar el destrozo que está siendo causado por el uso irracional de los recursos naturales y por los patrones inadecuados de consumo y producción. Se requiere un mayor compromiso político para el control del cambio climático, para eliminar las fuentes de contaminación de nuestras aguas y para detener la pérdida de nuestros bosques. La provisión de recursos financieros y la transferencia de tecnologías ambientalmente sanas constituyen materias áun no resueltas. Es necesario que la comunidad internacional cumpla los compromisos asumidos en este campo, antes que sea demasiado tarde.

Las Naciones Unidas y las instituciones financieras multilaterales, por otro lado, están llamadas a construir un nuevo marco para prevenir y superar los riesgos y las crisis económicas. Necesitamos un sistema financiero estable, ordenado, transparente y predecible. Uno en el cual podamos mejorar nuestra capacidad de alerta temprana, controlar eficazmente la volatilidad de los capitales y asegurar una adecuada liquidez para apoyar de manera oportuna a los países afectados por las crisis. Es prioritario, asimismo, crear redes de protección social que puedan ser utilizadas en tiempos de crisis financiera.

Señor Presidente:

El inicio del milenio está también marcado por nuevas preocupaciones y amenazas a la paz y la seguridad. La proliferación y el tráfico ilícito de armas pequeñas es una de ellas. El contrabando de armas ha alcanzado proporciones inadmisibles, con efectos incluso más devastadores que los producidos por las armas de destrucción masiva. A pesar de ello, la comunidad internacional no está asignando la atención y prioridad que ese grave problema demanda. Se requieren medidas urgentes y eficaces para detener y eliminar completamente ese comercio ilegal.

Los países afectados por ese fenómeno no podemos seguir expuestos a la actividad criminal de las redes de traficantes que aprovechando la ausencia de mecanismos de vigilancia y supervisión, están causando un daño irreparable en nuestras sociedades. Los Gobiernos tienen la responsabilidad política y moral de actuar decididamente en contra de la exportación ilícita de armas, y de aplicar toda la fuerza de la ley a los mercaderes de muerte y violencia que se lucran de ese nefasto negocio. Colombia ha pagado un altísimo precio en vidas humanas como consecuencia de esa actividad delictiva.

Los países exportadores de armas pequeñas deben instaurar controles a la intermediación y abstenerse de autorizar ventas si se observan riesgos de uso indebido. Debe mejorarse la transparencia y el intercambio de información sobre modalidades y rutas en el comercio. Es impostergable crear mecanismos de ayuda financiera y técnica para que los países afectados estén en mejor capacidad de implementar controles eficaces. Es nuestro deber hacer que la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio Ilícito de Armas Pequeñas y Ligeras a realizarse en el año 2001, se traduzca en compromisos y acciones efectivos.

El problema mundial de las drogas ilícitas, por su parte, sigue siendo una de las más serias amenazas de nuestro tiempo. Es un factor de violencia y corrupción. De distorsión económica y empobrecimiento. De erosión del tejido social e inestabilidad de las democracias. Es causa también de alarmantes desastres ambientales. Ninguna nación como Colombia ha sufrido de manera tan trágica las consecuencias de este problema mundial. Todos los días se pierden vidas colombianas por la acción de grupos al margen de la ley cuyas actividades se sostienen con recursos derivados del tráfico de drogas.

Ahora, cuando todos nuestros esfuerzos se concentran en la dura batalla contra ese problema, requerimos un respaldo más amplio y la solidaridad efectiva de la comunidad internacional. Solamente aceptando y aplicando plenamente el principio de corresponsabilidad podrá la humanidad librarse del flagelo de las drogas ilícitas. No es más lo que pedimos. Que todos asumamos los costos que nos corresponden para borrar esa actividad ilegal de la faz de la tierra.

Colombia está realizando extraordinarios esfuerzos para avanzar en la solución del conflicto interno. Es un objetivo fundamental en el que no claudicaremos. Somos concientes que la construcción de la paz toma tiempo. Pero hemos progresado a buen ritmo. En medio de las complejidas de nuestra realidad y pese a la crudeza actual del conflicto, hemos avanzado en la creación de confianza, en el diálogo, en la discusión de las agendas temáticas, en la participación de la sociedad civil.

Sabemos muy bien que el logro de la paz requiere de acciones a fondo en el campo económico y social, que permitan dar un contenido real y permanente a esos esfuerzos. Varios países se han vinculado al proceso a petición del Gobierno. Hoy la paz de Colombia es importante para el mundo. Hago un llamado a la comunidad internacional para que reafirme su solidaridad y brinde su apoyo material a nuestro proceso de paz.

Señor Presidente:

Uno de los hechos más relevantes de las dos últimas décadas ha sido el compromiso cada vez más amplio por el respeto a los derechos humanos. Hemos avanzado al definir los derechos económicos y sociales, como un complemento inseparable de los llamados derechos clásicos ó libertades individuales. Se han ido levantando progresivamente las antiguas objeciones que impedían proclamar la vigencia y vigilancia universal de los derechos humanos. Los Estados han aceptado la responsabilidad en su acatamiento.

En los últimos años, los conflictos internos se han advertido como expresiones principales de violencia. El Derecho Internacional Humanitario resulta esencial para encarar las consecuencias de esas confrontaciones. Su aplicación supone el acuerdo sobre reglas mínimas de respeto a la población civil y a los intereses de los Estados. La llave de oro radica en que el derecho humanitario -sus postulados, normas y mecanismos- sea de igual cumplimiento por todas las partes, lo mismo las autoridades legítimas que los insurgentes. La experiencia en muchas partes del mundo muestra que solo si se cumplen esos mandatos, puede el Derecho Internacional Humanitario alcanzar sus objetivos.

Los movimientos de personas como refugiados o migrantes deben ser reconocidos igualmente como un tema prioritario que no tiene posibilidad de ser resuelto con el predominio de prejuicios anacrónicos. Los migrantes están también protegidos por un marco preciso de derechos humanos. En un mundo que promueve la libre movilidad de los capitales y el libre comercio, resulta inaceptable que se continúen aplicando restricciones injustificadas al movimiento de personas.

Señor Presidente:

La solución de los problemas concretos de la agenda internacional, pasa necesariamente por la acción concertada, por el multilateralismo, al cual Colombia ha adherido siempre y seguirá adhiriendo con convicción. Entendemos que ese multilateralismo puede ser complementado con iniciativas de regionalismo y bilateralismo convergentes dentro de un enfoque de disminución de las distancias y los desequilibrios. Es decir, un multilateralismo actuando como puente de acercamiento, solidaridad y responsabilidad compartida, nociones sobre las cuales debe construirse el edificio entero del orden internacional contemporáneo.

Nuestros pueblos, en cuyo nombre se concibió la Carta de la ONU, quieren comprender cómo la realización de los propósitos y funciones de las Naciones Unidas, pueden reflejarse en la satisfacción de sus anhelos y aspiraciones. Aunque en muchos aspectos estamos aún lejos de ese objetivo, debemos rescatar los avances logrados.

Por ello, una atmósfera de crisis no le conviene a la Organización, como tampoco una actitud de inmovilismo a la espera de reformas que se siguen postergando. De esta Asamblea deben surgir decisiones para reactivar las reformas de la ONU, sobre bases realistas, pero sin dar más espera a las medidas que requieren urgente implementación. Existen muchas iniciativas que se pueden materializar sin necesidad de reformas a la Carta. Lo único que requieren es voluntad solidaria y una oportuna decisión política.

Las Naciones Unidas constituyen la conciencia universal que reclama una mayor prioridad para atender las necesidades de los países pobres. Es urgente estructurar estrategias para movilizar fondos que permitan remover las causas del atraso. La brecha creciente entre la prosperidad de los prósperos y la pobreza de los excluídos del progreso es por sí misma un llamado de atención que debe ser escuchado, y que debe llevar a traducir las declaraciones en hechos.

Nos satisface, en ese sentido, el papel creciente de las organizaciones no gubernamentales, cuyo protagonismo debe aparejarse con una adecuada definición de sus responsabilidades. Por su parte, las corporaciones transnacionales, que juegan tan importante función en la economía mundial, deberían pensar seriamente en vincularse al apoyo financiero de las Naciones Unidas, en cuyo ámbito se demandan con urgencia nuevos recursos. Ese apoyo bien podría canalizarse hacia las tareas de las Naciones Unidas en la lucha contra la pobreza.

Señor Presidente:

La reforma del Consejo de Seguridad sigue siendo una de las expectativas principales en el ajuste esperado de las instituciones políticas multilaterales. Pero requerimos en ese campo una aproximación gradual, menos maximalista. Deben explorarse fórmulas para asegurar la incorporación al Consejo de países y regiones como América Latina y el Caribe, cuyo compromiso con la paz y la seguridad del mundo ameritan una concertación más amplia. Debemos dar pasos efectivos para propiciar una mayor representatividad en las tareas del Consejo, en el entendido que ello constituye no un privilegio sino una responsabilidad.

Una representación regional y nacional más amplia, la aplicación de restricciones al uso del veto y una mayor transparencia en el proceso de toma de decisiones podría ir acercando al Consejo de Seguridad a una realidad que en el siglo XXI no es igual a la de 1945.

En pocas semanas se producirá la elección de nuevos miembros del Consejo. Colombia tiene el apoyo de América Latina y el Caribe para ser elegido como Miembro No Permanente de ese importante órgano. Una vez aprobado nuestro ingreso por la Asamblea General asumiremos esa responsabilidad a partir del próximo 1o. de enero. Será ella una oportunidad para reafirmar el compromiso y la confianza de Colombia con el multilateralismo, su apego irrestricto e incondicional a las normas y principios del derecho internacional.

Reafirmaremos, así mismo, nuestra convicción en que las salidas pacíficas y negociadas de las confrontaciones y el respeto del Derecho Internacional Humanitario por todas las partes en conflicto, son fundamentales para dar a la paz y la seguridad bases firmes y duraderas. Promoveremos, de igual manera, un mejor funcionamiento del Consejo, especialmente en términos de la información y consulta con los Estados que no forman parte de ese órgano, e impulsaremos una relación más permanente y estrecha con la Asamblea General, como órgano supremo de la Organización.

Señor Presidente:

La humanidad no había tenido una perspectiva como la de este comienzo de milenio para avanzar de manera segura hacia la paz, el progreso y la estabilidad internacional. Es oportunidad para que los líderes del mundo den un decisivo paso político en esa dirección. Brindémosles a nuestros pueblos una nueva esperanza para que el cambio de milenio no sea simplemente un cambio cronológico sino el inicio de una verdadera transformación política y social. Sólo así las generaciones venideras reconocerán que tuvimos el coraje de asumir con responsabilidad nuestras obligaciones.

Muchas gracias.

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