"Hay días en que me levanto con una esperanza demencial,
momentos en los que siento que las posibilidades de
una vida más humana están al alcance de nuestras manos.
Este es uno de esos días".
Con estas palabras de esperanza y de humanidad, que hoy hago mías
en este grato encuentro con los
mandatarios de los países miembros del Grupo de Río, el
escritor argentino Ernesto Sábato da inicio a su más
reciente libro, "La Resistencia", un libro que salió
a la luz hace muy pocos días, pero que ya se conoce en todo el
planeta, gracias a que es el primer texto de un gran autor latinoamericano
que se publica en la Internet.
Es un signo de los tiempos actuales: un símbolo claro de este
año 2000 que marca el salto histórico a un nuevo
siglo y a un nuevo milenio para la humanidad. Hoy en día, es
posible conocer primero un libro en la pantalla de un
computador, antes de que se plasme en tinta y papel. Hoy en día,
una idea viaja por el espacio a la misma
velocidad del pensamiento, y lo que decimos o escribimos en este momento
puede ser escuchado o leído
simultáneamente al otro lado de la esfera terrestre. Esta es
una manifestación más de la globalización en la
cual
vivimos, de la cual hablamos constantemente y de cuyos efectos -buenos
o perversos- no nos es dable escapar,
aunque sí podemos aprender a convivir con ellos y a utilizarlos
para el provecho de nuestros pueblos.
Tal como ha dicho Carlos Fuentes, "los vicios de la globalización
están a la vista. Pero sus virtudes, también.
Seamos lo más justos posible. La globalización tiene,
como Jano, dos caras: Una es la cara de una prosperidad
deseable. La otra, la cara de una exclusión indeseable".
En esto estamos todos de acuerdo. Los procesos históricos de
la humanidad, -como las revoluciones
antimonárquicas, las guerras de independencia, la revolución
industrial, el imperio de las ideologías, la era
informática y, ahora, la globalización-, no encierran
en sí mismos atributos de bien o de mal. Todo depende de la
forma en que nosotros, los seres humanos, hagamos uso de esos procesos.
Como dice el mismo Fuentes: "Si la
globalización es inevitable, ello no significa que sea fatal".
Por eso hoy los invito, señores Presidentes y Jefes de Gobierno,
a que estudiemos juntos el momento histórico en
el cual nos ha correspondido liderar el destino de nuestras naciones
y forjemos, dentro de un marco de principios
y valores comunes, un compromiso de América Latina y el Caribe
para el Nuevo Milenio.
Somos los representantes de una comunidad de 500 millones de personas
que ocupan más de 20 millones de
kilómetros cuadrados del planeta, y hoy, cuando nos reunimos
en este escenario propicio de Cartagena de
Indias, -la ciudad que por tantos siglos fue un centro principal de
comunión entre el Nuevo y el Viejo Mundo-,
tenemos la obligación de construir entre todos un futuro en el
que tengan cabida la esperanza y la solidaridad.
El papa Juan Pablo II lo ha expresado con bellas palabras: "El
siglo que comienza debe ser el de la solidaridad.
Hoy lo sabemos mejor que ayer: no estaremos nunca felices y en paz los
unos sin los otros, y aún menos, los
unos contra los otros".
No, señores Presidentes y Jefes de Gobierno: la única
forma de estar "felices y en paz" es estando los unos con
los otros. Y este postulado se aplica con mayor razón a nuestros
países, los pueblos de América Latina y el
Caribe, que compartimos una cultura, una historia y unas tradiciones
comunes, que somos cercanos en la
geografía y el sentimiento, y que podemos mostrar al mundo entero,
con orgullo, una trayectoria de unidad que
nació en el mismo sueño bolivariano, que se volvió
un pacto de solidaridad en el Congreso de Panamá de 1826,
que se consolidó en el sistema de la Organización de Estados
Americanos y que actualmente encuentra muchos
escenarios de acción conjunta, el más importante de los
cuales, en materia de concertación política, es este
Grupo de Río que hoy nos reúne.
Solidaridad... Manos unidas detrás de un objetivo común,
apoyo y ayuda a quienes pasan por circunstancias
difíciles, compromiso con el futuro y con las nuevas generaciones.
Así concibo yo la raíz moral de nuestro Grupo,
que, no por nada, nació de la acción solidaria de ocho
Estados, -México, Panamá, Venezuela y Colombia,
dentro del Grupo de Contadora, y Argentina, Brasil, Perú y Uruguay,
como Grupo de Apoyo-, para contribuir a
alcanzar una solución de paz, desde nuestra misma región,
al conflicto que vivían nuestros hermanos
centroamericanos.
La de hoy es la más amplia Cumbre de Presidentes y Jefes de
Gobierno del Grupo de Río que se haya realizado
jamás, pues cuenta, por primera vez, con la presencia, en forma
individual, de Costa Rica, El Salvador,
Guatemala, Honduras y Nicaragua, además de la de República
Dominicana. De alguna forma, este día estamos
presenciando cómo el Grupo de Río se reencuentra con sus
orígenes y, además, consolida su representatividad
regional ante los mayores foros internacionales y los terceros Estados.
Amigos Mandatarios del Grupo de Río:
Son tres los postulados que forman la razón esencial de nuestra
existencia como Grupo: Preservar la paz,
fortalecer la democracia e impulsar el desarrollo de nuestros países.
Yo los invito a que reflexionemos sobre
estos tópicos fundamentales.
"La paz", como decía San Agustín, "es
tal bien, que no se puede desear otro mejor, ni poseer uno más
útil". En
paz construimos democracia e impulsamos progreso. Sin paz, los caminos
del futuro se vuelven laberintos. He
aquí la primera razón de ser de nuestro Grupo y su compromiso
solidario: Preservar la paz.
Señores Presidentes: Colombia vive hoy una etapa definitiva
de su historia, enmarcada por su decisión de
alcanzar una paz integral que allane los caminos del desarrollo. Parafraseando
a nuestro gran Gabo, no estamos
condenados a cien años de soledad, sino que estamos alcanzando
con decisión y persistencia una nueva
oportunidad sobre la tierra para los colombianos del presente y del
futuro. Desde mi gobierno he liderado un
proceso de paz que actualmente avanza a pasos firmes y promisorios con
las FARC y el ELN, las dos
organizaciones subversivas más grandes del país, y hemos
hecho una apuesta patriótica por alcanzar una salida
política al conflicto armado.
En este tema, ha sido fundamental la solidaridad regional, cuya manifestación
más reciente se presentó en el
comunicado de respaldo al proceso de paz expedido por los cancilleres
del Grupo en su última reunión de
Bogotá el pasado 5 de mayo. Con el apoyo de los países
amigos estoy seguro de que pronto podremos
sumarnos a la ancha avenida de la paz en Latinoamérica.
Y ahora hablemos de democracia. Yo creo que la democracia política
fue la gran conquista de nuestros países en
las últimas décadas del siglo XX, gracias a la cual hoy,
en toda nuestra región, podemos afirmar que hemos
alcanzado la primera meta de elegir nuestros gobernantes y representantes
y manejar nuestras instituciones dentro
de los principios de la democracia, que es el sistema de gobierno cuyas
premisas todos compartimos, por ser el
que mejor consulta los verdaderos intereses de nuestros pueblos.
Pero, más allá del logro generalizado de la democracia,
nuestro compromiso hoy debe ser con su fortalecimiento
y profundización, para que sus postulados se conviertan en letra
viva y posibiliten una real participación
ciudadana, y también un control ciudadano, en las decisiones
de poder.
Por eso yo los invito hoy, señores Presidentes y Jefes de Gobierno,
a reafirmar nuestro compromiso regional con
la democracia, entendida desde una perspectiva latinoamericana y caribeña,
y asumida como la garantía
fundamental para la libertad ciudadana, la convivencia pacífica
y el logro de un desarrollo social y económico que
sea justo y equilibrado.
Es una convicción íntima del Grupo de Río que
la plena vigencia de las instituciones democráticas y del estado
de
derecho son condiciones necesarias para asegurar el desarrollo humano
de nuestros pueblos, afianzar los
procesos de integración y posibilitar la cooperación.
Pero debemos ir más allá: el proceso de avance en la democratización
política de la región, del que hoy damos
cuenta, tenemos que convertirlo también en una democratización
económica y social que extienda en forma
equitativa los beneficios del desarrollo y permita la adecuada satisfacción
de las necesidades básicas de nuestra
gente.
La tendencia histórica a la estabilidad democrática
debe estar acompañada por una respuesta eficaz a las
demandas sociales del desarrollo. Y esto me lleva al tercer gran objetivo
de nuestro grupo: Impulsar el desarrollo
de nuestros países.
¿Y cómo hacerlo desde una óptica latinoamericana
y caribeña? A través de la unión de nuestros esfuerzos;
a
través del logro de una mayor apertura entre nuestros mercados
y del estímulo de nuestras inversiones
recíprocas; a través, también, de la concertación
de posiciones regionales en foros multilaterales económicos,
como la Organización Mundial del Comercio o la Cumbre de las
Américas.
Al principio de mi intervención hablaba de los efectos de la
globalización, una realidad mundial que tenemos,
entre todos, que volver más humana y solidaria. Necesitamos la
globalización, pero no para que los ricos sean
más ricos y los pobres más pobres, sino para que lo que
resulte de ella tenga un destinatario principal: las gentes
más necesitadas y marginadas de nuestros países.
Durante la última década los patrones de desarrollo
y las oportunidades abiertas a los habitantes de nuestras
naciones se han visto influidos por los fenómenos económicos,
sociales y culturales de carácter mundial que
resultan del proceso de globalización de las economías.
Como consecuencia de esta realidad, que nos afectó a todos
en los últimos años, hemos entendido la necesidad
de diseñar una nueva arquitectura financiera internacional que
genere unos sistemas de alarma adecuados e
impida que el costo de las eventuales crisis financieras recaiga en
los países más vulnerables, y, dentro de ellos,
en las clases menos favorecidas. Aquí hay un campo propicio para
nuestra acción conjunta, el cual ya está
suficientemente diagnosticado, y sobre cuyas soluciones tenemos que
trabajar sin demoras.
Como dijo el presidente Kennedy en simples y contundentes palabras:
"Nadie puede ser verdaderamente rico si
sus vecinos son pobres". Parte de nuestra tarea como Grupo es hacer
entender a los países desarrollados y a las
entidades financieras internacionales que el crecimiento económico
y el desarrollo social de las naciones
latinoamericanas y caribeñas sólo pueden lograrse si se
les garantizan condiciones de equidad dentro del
comercio internacional y se les posibilita el acceso a recursos sin
condicionamientos excesivos.
Nuestros esfuerzos han demostrado ser insuficientes para financiar
simultáneamente las redes de protección
social, necesarias para garantizar la paz en democracia, y la inversión
en capital humano y en infraestructura para
ganar competitividad y crecer en un mundo globalizado. Por eso debemos
hacer lo que esté en nuestras manos,
ante los foros y organismos financieros internacionales, para obtener
un adecuado flujo de recursos para el
desarrollo, pero al tiempo tenemos que generar a nivel interno un compromiso
inequívoco en nuestros gobiernos
para optimizar el uso de los mismos, destinándolos a nuestra
población más vulnerable, eliminando la corrupción
e incrementando la eficiencia.
Señores Presidentes y Jefes de Gobierno:
En esta Cumbre de Cartagena los países miembros del Grupo de
Río vamos a fijar una posición concertada
sobre muchos de los temas fundamentales que serán tratados en
septiembre de este año en la Cumbre y la
Asamblea del Milenio de la Organización de las Naciones Unidas.
Esta es una excelente oportunidad para hacer valer ante la más
grande e importante reunión de Estados la visión
latinoamericana y del Caribe sobre los temas de la agenda del nuevo
siglo. Allí podremos ser la voz de una región
comprometida con la democracia y la vigencia de los derechos humanos,
consciente de su responsabilidad en la
protección del medio ambiente y con vocación de paz y
de solidaridad humana. Allí seremos la voz de 18
Estados de América Latina y del Caribe y también la voz
de los 15 Estados de la Comunidad del Caribe, hoy
representados con altura en nuestro grupo por la República de
Guyana. En total, somos 33 Estados de América
que tenemos mucho que aportar y que decir en el concierto mundial.
De esta trascendental reunión que hoy estamos inaugurando saldrán
definidos y fortalecidos los consensos de
nuestra región para el mundo sobre temas tan diversos y tan importantes
como el papel de las Naciones Unidas
en el Siglo XXI, el desarme, los derechos humanos, el desarrollo y la
erradicación de la pobreza, la lucha contra
el problema mundial de las drogas, la corrupción y el medio ambiente.
Es una gran tarea la que nos espera, pero estamos parados sobre los
hombros de nuestra propia historia,
sentimos con un solo corazón latinoamericano y caribeño,
y tenemos la fortaleza de la unión y la convicción de
la
esperanza.
Apreciados amigos:
Sean bienvenidos a esta bella Cartagena de Indias, desde donde Bolívar,
ese gigante de la libertad que siempre
afirmó que "la Patria es América", lanzó,
en 1812, el Manifiesto que incendió los corazones de los héroes
de la
independencia.
Y sean bienvenidos a Colombia: A esta tierra mágica donde las
flores tapizan de arcoiris el suelo; donde flota en
el aire el aroma evocativo del café; donde la vida crece y se
aferra como hiedra y se resiste a la desesperanza;
donde los artistas geniales producen las mayores fantasías del
universo, como esa voluminosa musa de Botero
que hoy descansa sensual en la Plaza Santo Domingo de esta misma ciudad
o ese Macondo alucinado que
contagió los ideales de varias generaciones; donde los jóvenes
sueñan con inventar vacunas, como Patarroyo,
con descifrar los secretos del cerebro, como Rodolfo Llinás,
con triunfar en las canchas del mundo, como la
promisoria Fabiola Zuluaga, o con pulverizar cronómetros, como
Montoya en Indianápolis.
Esta Colombia de sueños y realidades, de esperanzas y de trabajo,
los acoge desde ahora y para siempre,
señores Presidentes, en las redes invisibles de su afecto.
Muchas gracias.